Rocío González, poeta y ensayista, zurcidora de metáforas

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Rocío González, poeta y ensayista, zurcidora de metáforas

Rocío González (1962-2019), ensayista, autora de poesía, literatura, e impulsora de la escritura en lenguas originarias, oriunda de Juchitán, Oaxaca, afirmó que la "poesía es la alegría del lenguaje". Sobre su labor, llegó a decir: "Los y las poetas somos tan invisibles que no creo que haya mucha diferencia, a veces el género hasta nos beneficia. En realidad, no creo en esas falsas rivalidades".

Doctora en Literatura Latinoamericana, profesora e investigadora, quien falleció el pasado 29 de octubre, cuando estaba por cumplir 35 años como escritora y de perseguir lo que llamaba la "fascinación por el instante", obtuvo en 1998 el Premio literario Benemérito de América que otorga la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca (UABJO) por su libro Las ocho casas, así como el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa que obtuvo por el texto Luna cero en 2002.

Rocío González, becaria del INBAL, el Fonca y el Foeca-Oaxaca, dijo en algún momento que "muchas han sido las mujeres que me han influenciado, tantas que no podría nombrarlas; sin embargo, citó a Rosario Castellanos, Wislawa Szymborska (Premio Nobel de Literatura 1996), Myriam Moscona, Coral Bracho y Susana Thénon", principalmente, además cultivó una entrañable amistad con la también poeta Natalia Toledo, hija del pintor oaxaqueño Francisco Toledo.

Colaboradora de publicaciones como Blanco móvil, Ojarasca, El latinoamericano internacional, Sábado y Viceversa, entre otras, escribió varios poemarios, algunos libros de ensayos y el texto de literatura infantil León panza arriba.

Para la poeta Guadalupe Ángela, la autora de Luna cero "es la zurcidora de metáforas" no sólo por haber nacido en Juchitán, donde es una tradición el bordado, sino porque también "ha bordado, desde su temprana juventud, metáforas de las más profundas penas, de la alegría de la infancia, de los atrevimientos de juventud, de la inesperada enfermedad, de los complicados amores y, sobre todo, del mismo lenguaje".

Reconoció que la propia poesía de Rocío González es en sí un estudio del lenguaje; y un claro ejemplo de esto es su poema La verdad interior, en el que se reveló como una auténtica maestra en la creación de metáforas.

Ángela ha afirmado que la poesía de Rocío González es filosófica, plena de figuras literarias y de juegos en la composición integral de la página, ya que "nos confiesa lo que más le duele como la exploración más íntima de la sensualidad".

En tanto, el poeta y editor argentino Eduardo Mosches dijo que Rocío González legó poemarios incomparables, como Las ocho casas, Pasiones tristes, Azar que danza, Como si fuera la primera vez y Neurología 211.

A su vez, la también poetisa Claudia Hernández de Valle Arizpe dijo que su colega oaxaqueña puso todos sus sentidos en vivir, leer y escribir, bajo el ritmo de su propia poesía. "La suya es una poesía de difícil clasificación, creo que ni confesional ni neobarroca -como algunos críticos subrayan- pero sí centrada en la memoria. Una poesía que necesita volver a la infancia y a la familia para indagar, para preguntar, para reclamar y explicarse algunos miedos, ciertas conductas, muchos enigmas".

Indicó que su escritura ha transitado por el poema en prosa, por la deconstrucción y, más recientemente, por un mestizaje que explora en la que ha sido su mayor fuente de interés: la lengua. El lenguaje como herramienta, pero también como fin en sí mismo. El lenguaje en relación con la filosofía y en relación con la alteridad.



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