El día en que nació un hombre poseedor de una crítica irónica y un humor mordaz, Jorge Ibargüengoitia

El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura recuerda que en un día como hoy, 22 de enero, pero de 1928, nacería el dramaturgo y narrador Jorge Ibargüengoitia, quien era capaz de convertir en sátiras mordaces a cualquier elemento grotesco o absurdo sobre el que se posaran sus ojos.

Ibargüengoitia mismo escribió: "Si vivo ochenta años, cuando muera dejaré un montoncito de libros y me llevaré a la tumba una vastísima biblioteca imaginaria". Palabras que surgieron en la celebración por sus 50 años y hablan de su amor por las letras.

En un inicio, todo indicaba que Ibargüengoitia iba a dedicarse a la ingeniería, hasta que un día fue a ver la obra Rosalba y los llaveros, de Emilio Carballido, y descubriría su verdadera pasión oculta: la literatura. Más tarde, se inscribiría en la universidad, en donde sería "el único alumno verdadero" de Rodolfo Usigli, a quien "le debo en parte ser escritor", decía el dramaturgo.

Precisamente, fue el autor de El gesticulador el que le profetizaría lo siguiente: "Es evidente que tiene usted sentido del diálogo y es capaz de escribir comedia". Esto fue en 1951. Y es que no queda duda de la habilidad de Ibargüengoitia para plasmar en letras las distintas facetas de la realidad con unas pinceladas de humor.

Ibargüengoitia escribió Los relámpagos de agosto, en 1963. Esta obra ganó el premio de la novela Casa de las Américas en 1964, fue editada en México en 1965 y ha sido traducida a siete idiomas. En la actualidad, diecisiete años después, se vende más que nunca.

"Ese libro no me permitió ganar dinerales, pero cambió mi vida, porque me hizo comprender que el medio de comunicación adecuado para un hombre insociable como yo es la prosa narrativa: no tiene uno que convencer a actores ni a empresarios, se llega directo al lector, sin intermediarios, en silencio, por medio de hojas escritas que el lector lee cuando quiere, como quiere, de un tirón o en ratitos y si no quiere no las lee, sin ofender a nadie", mencionaba Jorge Ibargüengoitia.

En su libro Los pasos de Jorge, el periodista Vicente Leñero asegura que lo que en los sesenta fueron Gustavo Sainz y José Agustín para la novela mexicana, lo fueron para la dramaturgia mexicana Héctor Mendoza y Jorge Ibargüengoitia; y asevera que lo autobiográfico en este autor se manifestó desde el principio como una constante de su teatro y de casi toda su literatura.

Leñero también sostiene que "a partir de 1959, el sentido de búsqueda caracterizó la producción teatral de Ibargüengoitia. El dramaturgo se lanzó a incursionar por diferentes rumbos ensayando tonos, inventando anécdotas, probando géneros, como si quisiera examinar a fondo sus posibilidades y averiguar si el humor era su única arma".

De acuerdo con Leñero, después de El atentado, Jorge Ibargüengoitia no volvió a escribir una obra y toda su energía y toda la chispa de su cáustico humorismo, aprendido en el camino de los frentazos, las orientó a la narrativa.

Y enfatiza: Empezó en 1963 con Los relámpagos de agosto y entre esa fecha y 1983 había publicado ocho libros: uno de cuentos (La ley de Herodes), otro de artículos recopilados (Viaje por la América ignota) y los demás, novelas: Maten al león (1969), Estas ruinas que ves (1974), Las muertas (1977), Dos crímenes (1979) y Los pasos de López (1981).

Vicente Leñero recuerda en Los pasos de Jorge: "Cuando Ibargüengoitia murió, el 27 de noviembre de 1983, en un accidente aéreo en el aeropuerto de Barajas, vivía en Europa felizmente casado con Joy Laville y estaba escribiendo una novela: Isabel cantaba".

Por su parte, el crítico literario Luis Enrique Ramírez dijo que su desenfado, su capacidad de observación y su crítica irónica han convertido a Jorge Ibargüengoitia en una figura singular dentro de las letras mexicanas, más allá del epíteto de "humorista", con el que se suele simplificar.

Para Alberto Ruy Sánchez, editor y escritor, es claro que el accidente aéreo que nos arrebató a Ibargüengoitia interrumpió una obra literaria que iluminaba la cotidianidad de nuestra lengua como nadie lo ha podido hacer de nuevo. "Pero tenemos sus libros cada vez más apreciados, más vivos y hablándonos sin cesar de cosas importantes a partir de la risa".

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