ESPECIAL: Stephen Sondheim y Andrew Lloyd Webber: La simetría perfecta del teatro musical
Un recorrido por el legado de los dos titanes que, compartiendo fecha de nacimiento el 22 de marzo, redefinieron para siempre el arte de contar historias cantadas
Si nos asomamos al balcón de la historia del teatro musical, resulta casi inverosímil que el destino decidiera concentrar tanto genio en una sola casilla del calendario. El 22 de marzo no es simplemente una fecha de cumpleaños doble; es el eje sobre el que pivota toda la evolución del género en el último siglo. Ayer se celebró la llegada al mundo de dos figuras que, aunque a menudo se presentan como antagónicos en los debates de los aficionados, son en realidad las dos columnas que sostienen el edificio del teatro musical contemporáneo: Stephen Sondheim y Andrew Lloyd Webber.
Es fascinante observar cómo, a pesar de sus estéticas opuestas, ambos comparten cimientos fundamentales que explican su ascenso al éxito. Ambos fueron niños prodigio que entendieron, desde una edad muy temprana, que el musical necesitaba una estructura dramática mucho más sólida que la de las revistas musicales de principios del siglo XX. Mientras Sondheim crecía bajo el ala protectora de Oscar Hammerstein II, quien le enseñó la arquitectura del libreto perfecto y la importancia de que cada canción haga avanzar la trama, un joven Webber se empapaba de la tradición eclesiástica y el rock progresivo en Londres. Esa base de estudio profundo y respeto por la tradición clásica fue lo que les permitió, años más tarde, dinamitar las reglas establecidas para construir algo completamente nuevo y revolucionario.
Un punto de inflexión ineludible en la carrera de ambos fue su capacidad para redefinir el concepto de éxito durante la década de los setenta. Sondheim lo hizo deconstruyendo la psique humana y las relaciones de pareja con COMPANY, una obra que eliminaba la trama lineal en favor de un análisis temático que dejó a Broadway perplejo. Casi al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico, Webber revolucionaba la industria con JESUCRISTO SUPERSTAR, una ópera rock que prescindía de los diálogos hablados y que acercaba el teatro a las listas de éxitos radiofónicos. Ambos demostraron que el público estaba sediento de riesgos y que el musical podía ser el vehículo para las ideas más audaces, ya fueran existencialistas o puramente épicas. La ambición de elevar el género es, sin duda, el hilo invisible que une sus trayectorias.
La conexión entre estos dos titanes también se manifiesta en su estatus como figuras fundamentales para la internacionalización del teatro, especialmente en un mercado tan apasionado como el español. No se puede entender el auge de la Gran Vía madrileña o la escena de Barcelona sin analizar el impacto de sus obras. Webber trajo el concepto de la gran producción con EL FANTASMA DE LA ÓPERA como estandarte absoluto que sigue fascinando a nuevas generaciones. Por su parte, Sondheim encontró en directores y actores nacionales a sus mejores aliados para demostrar que sus partituras poseen una humanidad que trasciende cualquier barrera cultural. La llegada de montajes como SWEENEY TODD o GOLFUS DE ROMA marcó un antes y un después en nuestro nivel de exigencia artística, elevando el listón para todas las producciones que vinieron después.
Resulta igualmente revelador detenerse en los hitos que ambos comparten en la vitrina de trofeos, ya que ambos pertenecen al selecto club de los artistas que han logrado el EGOT (Emmy, Grammy, Oscar y Tony). Este reconocimiento no es más que el reflejo de su versatilidad para saltar del escenario a la pantalla y de la partitura sinfónica a la canción popular. Ambos se atrevieron con adaptaciones literarias de una complejidad extrema, transformando textos de Gaston Leroux o Iginio Ugo Tarchetti en experiencias sonoras que hoy forman parte del ADN de cualquier espectador. Su longevidad creativa es otro factor asombroso, manteniéndose activos y relevantes durante décadas, dictando las tendencias que otros compositores intentarían imitar años más tarde.
Al final del día, más allá de las comparaciones sobre quién es más melódico o quién es más profundo, lo que realmente une a Sondheim y a Webber es su amor incondicional por la artesanía teatral. Ayer celebramos que ambos decidieron dedicar sus vidas a la búsqueda de esa nota perfecta que acompaña al sentimiento exacto. Ya sea a través de la ironía inteligente de una rima de Sondheim o del despliegue emocional de un crescendo de Webber, ambos nos han regalado un lenguaje común para entender nuestras propias emociones. Mientras se levante un telón para cantar sus historias, el teatro seguirá estando muy vivo, recordándonos que el 22 de marzo fue el día en que la música decidió cambiar para siempre.
Videos